La permeabilidad del límite como suspensión de la sospecha
¿Qué ocurre cuando dejamos de diseñar para protegernos? Un recorrido por Suecia y Dinamarca para pensar el límite, la intimidad y esa forma silenciosa de confianza que permite habitar lo común.
Por Simona Garufi 6 de septiembre 2026
La pedagogía del fortín.
Existe un abismo invisible entre la cultura del muro y la cultura del vidrio. Criada en el Mediterráneo, llevo inscrita en el cuerpo la pedagogía del refugio: la casa como fortín, la penumbra como alivio térmico y la persiana como frontera infranqueable para resguardar la vida de la mirada ajena. Llegué a Suecia con un antifaz en la maleta a finales de verano, cuando la luz empieza a despuntar mucho antes de las seis de la mañana sobre una arquitectura que renuncia deliberadamente a frenarla. El sol entra en la habitación como un foco sobre el escenario. Te enseña, desde el primer amanecer, que aquí el hogar no se concibe para atrincherarse.
Esa apertura explica que la ventana funcione como un canal. Al caer la tarde, es fácil observar cómo las casas permanecen expuestas sin echar las cortinas, dejando una lámpara encendida en el alféizar apuntando a la acera. Me hizo pensar en un cuidado tácito: la luz interior se regala al que camina en la penumbra como si la visibilidad fuera la primera condición para habitar lo común. La intimidad simplemente prescinde de la defensa.
El velo permeable.
Cruzando a Copenhague, en Nørrebro, esa escena se repetía de puerta en puerta. Entrabas buscando artesanía local y lo que encontrabas eran talleres-laboratorio donde la trastienda no se ocultaba tras un tabique rígido, sino tras un simple visillo. A la hora del almuerzo, desde ese fondo sonaba el microondas y el olor a comida caliente inundaba las mesas expuestas, mezclándose con el papel, la cerámica y las herramientas. Una manera sistemática de estar: el espacio privado existía, pero separado por un velo permeable que dejaba a los artesanos comer a dos metros de quienes mirábamos las piezas, sin necesidad de fingir un decorado. En esa anulación del umbral, la cotidianeidad y el diseño compartían el mismo aire.
El trofeo inerte.
Esa misma flexibilidad define su relación con el tiempo. ¿De dónde viene nuestra parálisis frente al pasado? Crecemos admirando el Coliseo o la ruina majestuosa convertida en un fetiche intocable, un orgullo que exhibe nuestra grandeza histórica pero que a menudo congela el presente. Nos cuesta entender un entorno que no custodia la memoria como un trofeo inerte. En el norte de Europa lo antiguo y lo moderno conviven con una audacia envidiable: las fachadas clásicas aceptan ampliaciones de vidrio, las viejas estructuras portuarias acogen interiores rotundos y la infraestructura se ofrece como un soporte disponible para ser usado y gastado. Convertir lo inflexible en flexible, regalando la posibilidad de habitar el aquí y el ahora.
La bici dejada en la acera sin aspavientos es la extensión lógica del cuerpo; Reffen, el mercado de comida callejera instalado en viejos contenedores marítimos frente al puerto de Copenhague, o la pasarela transparente del Operaparken, ideada por el célebre estudio danés COBE para protegerte del invierno mientras caminas envuelto por el paisaje, demuestran que la dignidad de un lugar no está en su inmutabilidad, sino en su capacidad para acoger la vida.
Ahí es donde nuestra cultura del habitar muestra sus costuras. ¿Hasta qué punto estamos dispuestos, en nuestro refugio mediterráneo, a soltar esta rigidez? Esas fronteras tan nuestras entre el adentro y el afuera, entre lo mío y lo tuyo, revelan la necesidad defensiva de marcar el territorio, como si aflojar el límite pusiera en peligro quiénes somos. ¿Cuánto nos atrevemos a compartir, de verdad, con el desconocido?
El calambre de la sospecha.
Esa misma disolución de los límites se respira en el aire. En agosto, el cielo lo envuelve todo con estratos densos de nubes grises y blancas, tan bajas que parecen rozar los tejados y colarse por las avenidas. Si tuviera que hacer una instalación artística allí, nacería exactamente de ese vapor: una masa física que penetra la trama urbana y te obliga a encajar el territorio en el cuerpo, hasta que el límite entre dentro y fuera empieza a perder consistencia.
De esa masa de aire al asfalto hay un solo paso. Ver un carrito con un bebé durmiendo solo al sol junto a un café desencadena un calambre en la mirada educada en la sospecha, pero lanza la pregunta de vuelta: el desconocido, ¿es una amenaza o el guardián implícito del espacio compartido?
Cerré el viaje en Nordhavn, el antiguo distrito portuario de Copenhague reconvertido en un ecobarrio vanguardista, subiendo a la cubierta del Konditaget Lüders. Estar arriba, en un garaje transformado en plaza pública, viendo a los niños saltar en las camas elásticas a veinticuatro metros de altura frente al puerto, completaba el mapa. Volví a casa no con una lección aprendida, sino con un interrogante abierto en la piel: la sospecha de que nuestra prevención es solo un miedo pesado, y la duda incómoda de si seremos capaces, alguna vez, de habitar el mundo sin tenerle miedo al de al lado.
Simona Garufi es arquitecta, diseñadora y directora creativa especializada en diseño espacial y experiencial.
Escribe en Room Diseño y La Palabra de D!OS.