El diseño de Interiores en La Naranja Mecánica: cómo Kubrick convirtió el Space Age en Opresión
Cincuenta años después de su estreno, 'La naranja mecánica' sigue cuestionando la promesa ética del diseño moderno. Una relectura espacial sobre cómo Kubrick convirtió los iconos del 'Space Age' en instrumentos de violencia.
Promesas nacidas frente a un cartel de cine
Hace tiempo íbamos a comer hamburguesas con mis hijos a un local que tenía las paredes cubiertas de carteles de cine. El pequeño quedaba siempre atrapado frente a la imagen de un señor con un ojo en la muñeca de una mano que salía de un triángulo y una expresión inquietante, marcada por una larguísima pestaña bajo su iris azul.
Me pedía a gritos que se la pusiera. Evidentemente, no tenía edad para ello. «Cuando seas más mayor te prometo que la veremos juntos», le decía.
Han pasado varios años y la semana pasada tuve que cumplir esa promesa nacida, curiosamente, en una hamburguesería de la periferia de Madrid. Se trata de un clásico setentero de aquel genio de Stanley Kubrick, que ha vuelto a pegarse literalmente en mi retina. Era, por supuesto, La naranja mecánica, sin embargo, esta vez no he visto la misma película.
El descubrimiento de una atmósfera
Toda obra maestra exige ser revisitada. En este mi sexto visionado, la atención se desplazó desde el impacto explícito de la violencia hacia una complejidad que antes no había sabido ver: el peso insoportable de una atmósfera. Una tensión imposible de aislar que no pertenece solo a la trama, sino a esa extraña energía que brota únicamente cuando el espacio, el objeto y la música se manifiestan a la vez.
Ahí la forma y la materia cumplen una sola función: asfixiar.
Lo que se experimenta es una verdadera opresión distópica. ¿Por qué sucede esto? ¿Qué papel juega la estética en Kubrick para narrar la violencia y el mal? La paradoja es reveladora: cada objeto, cada color y cada espacio que aparece en pantalla nació en su día como un manifiesto ciego del optimismo del siglo XX. El plástico brillante, la amplitud diáfana, la ergonomía, la luz sintética, Kubrick los sincroniza hasta convertirlos en un único dispositivo de percepción, y es precisamente esa sincronía la que convierte la violencia en una experiencia estética que trasciende lo visual e instala la tensión en el propio cuerpo del espectador.
Del icono erótico al instrumento del crimen
Aparece ya en la penumbra del Korova Milk Bar, donde las icónicas figuras antropomórficas inspiradas en la obra de Allen Jones convierten la anatomía femenina en mesa y surtidor de leche. Esta fetichización del objeto alcanza su punto más grotesco en la casa de la mujer de los gatos, donde la escultura fálica (Rocking Machine) del artista Herman Makkink y los lienzos eróticos, transforman el arte Pop en el propio escenario del crimen.
Pero el nudo crítico del relato se despliega en la residencia del escritor: la Skybreak House, firmada por Richard Rogers y un joven Norman Foster como Team 4. En esta arquitectura articulada en gradas y paneles de cristal, Kubrick no introduce el diseño de vanguardia como simple atrezo, sino como una declaración de intenciones. Allí se concentra la élite del proyecto Space Age: la máquina de escribir IBM Selectric presidiendo el escritorio, la mesa de cromo atribuida a Giotto Stoppino, las luminarias esféricas al estilo de Verner Panton y, donde reposa la mujer del escritor, el Personal Retreat Pod de Roger y Martin Dean, una cápsula blanca de formas orgánicas. Todo este mobiliario, concebido para celebrar el confort y la ligereza del consumo moderno, es desviado de su sentido original: en la escena de la agresión, todo ese paisaje doméstico asiste al horror con una indiferencia helada. La forma no protege a sus dueños.
La saturación del espacio doméstico
Esta perversión se traslada al Flatblock 18A. La vivienda entera de Alex es una trampa, no hay distinción entre la opresión del piso familiar y el dormitorio del joven: desde los pasillos claustrofóbicos de la colmena pública hasta el interior del hogar, todo es una misma saturación asfixiante. El papel pintado alucinógeno, el mobiliario masivo y el templo personal de Alex - donde la serie de los Cristos danzantes (Christ Unlimited, también de Herman Makkink) y el tocadiscos de metacrilato de David Gammon conviven con Beethoven - forman un único ecosistema alienante.
Aquí se quiebra uno de los grandes relatos del diseño moderno. Durante décadas se depositó una confianza casi ilimitada en la fe tecnocrática y el optimismo del Space Age, convencidos de que la industrialización y el confort doméstico nos conducirían de manera casi natural hacia una sociedad más libre y emancipada. Sin embargo, en medio de ese optimismo de posguerra, Kubrick introduce una duda profundamente incómoda: la excelencia formal y el refinamiento proyectual, por sí solos, no contienen ninguna promesa ética, demostrando con una crudeza helada que un espacio impecablemente diseñado puede acoger y amplificar la misma violencia que cualquier otro.
Respirar al unísono: el tejido de la conspiración
Por eso resulta insuficiente hablar de la «estética» de la película como una simple cuestión de formas. La opresión que produce La naranja mecánica no nace de la arquitectura, ni del mobiliario, ni de la música considerados por separado; al revés, nace del momento en que todos comienzan a respirar al mismo ritmo. El espacio, el lenguaje Nadsat, los sintetizadores de Wendy Carlos, el vestuario y el color dejan entonces de actuar como disciplinas autónomas para integrarse en un mismo tejido. Es ahí donde la raíz latina de conspirare, respirar al unísono, adquiere todo su sentido.
Para quienes nos dedicamos a proyectar, la lección es profunda y trasciende la pantalla. La naranja mecánica comparte con la arquitectura efímera y la escenografía más ambiciosa un mismo principio proyectual: el espacio deja de ser un mero soporte para convertirse en el propio relato. La película reactualiza así la célebre intuición de Wagner: la Gesamtkunstwerk, la obra de arte total donde ninguna disciplina compite en solitario. Porque la verdadera fuerza de un proyecto nunca reside en la excelencia de cada una de sus partes, sino en la precisión con la que todas conspiran para construir una única experiencia.
N. del A.: Al final cumplí aquella promesa, vimos juntos La naranja mecánica en el salón de casa. Y, por cierto, a mi hijo le encantó.
Simona Garufi es arquitecta, diseñadora y directora creativa especializada en diseño espacial y experiencial.
Escribe en Room Diseño y La Palabra de D!OS.