Ni neutrales, ni inocentes, ni dóciles: entre la sombra burlona dadaísta y las piezas de Katerina Kamprani opera la astucia de un prefijo que rescata a los objetos cotidianos de la utilidad para inaugurar un territorio donde manda el absurdo.
Por Simona Garufi
El sabotaje de un prefijo.
Hace tiempo estuve haciendo una búsqueda sobre la metamorfosis del objeto, quería entender en qué momento exacto una herramienta específica deja de ser funcional para convertirse en otra cosa. Aquella deliciosa investigación me llevó a buscar en el diccionario una palabra:
útil
(Del lat. utĭlis, de uti: usar).
adj. Que trae o produce provecho, comodidad, fruto o interés.
adj. Que puede servir y aprovechar en alguna línea.
Para los antiguos romanos no había mística: el verbo era uti (usar, consumir, desgastar algo con las manos). Un objeto, cuando sirve para algo, cumple exactamente la promesa para la que fue fabricado.
Hasta que le clavas dos letras delante. In-útil.
Este sabotaje tenía antecedentes ilustres, se llamaba DADA y nació en el 1916, cuando un grupo de señores irreverentes - Tzara, Duchamp, Picabia, Man Ray - empiezan a subvertir el sistema tomándose el absurdo muy en serio y dinamitando, a golpe de provocación, la fe ciega en la razón moderna (una provocación que los surrealistas convirtieron enseguida en poesía del inconsciente.)
Abriendo un diccionario al azar encontraron el nombre del movimiento (yo con menos pretensión fui allí solo para buscar Útil…). Aquel chiste no era una simple anécdota, los dadaístas utilizaban el humor ácido como método de creación, pero sobre todo entendieron que para desarmar la lógica burguesa bastaba con quitarle el trabajo a una herramienta. El prefijo in- empezó a hacerse largo y el objeto servil se convirtió en arte.
Fue una victoria corta. Con el tiempo, el mismo poder del que se reían terminó comprando las piezas y convirtiendo la revuelta en fetiche de colección. Pero esto es otra historia.
Un caballo de Troya en la cadena de montaje.
El terreno inestable donde los dadaístas se movían me fascina tanto como la periferia, donde la ciudad deja de ser del todo ciudad pero el campo todavía no ha empezado. En esa clase de límite, en un territorio fronterizo muy similar, encontré The Uncomfortable, la serie con la que la arquitecta griega Katerina Kamprani se ha empeñado en boicotear el automatismo cotidiano. Tras estudiar a fondo las leyes de la ergonomía y la llamada experiencia de usuario, decidió reventarlas: sus piezas conservan una factura impecable, pero esconden una perversión milimétrica diseñada para desquiciar la costumbre: tazas con el asa hacia adentro, tenedores articulados por una cadena o regaderas que vierten el agua sobre sí mismas. Las gafas llevan el puente invertido con una punta que si intentas ponértelas te taladra la nariz, pero tu cerebro sigue viendo unas gafas, que conservan el cristal, las patillas y una montura exquisita.
Katerina diseña objetos que dejan de obedecer. En otras palabras ha aplicado el prefijo -in metiendo el caballo de Troya en la cadena de montaje. Lo maravilloso de estas creaciones es que, por un instante, consiguen engañar a nuestra propia inteligencia: basta una alteración mínima para dejarnos descolocados.
Estamos rodeados de trastos inútiles que no molestan a nadie; reposan en cualquier estantería y conviven en paz con nosotros. En sus creaciones ocurre algo distinto: las piezas conservan la escala, el acabado y la promesa del confort industrial. Tienen la apariencia exacta de herramientas cotidianas, listas para usarse, hasta que de pronto pasan de servirnos a atacarnos.
El prefijo -in es la ironía. Y de paso la grieta que buscaba en mi investigación.
El fallo fabricado a propósito.
El error que Man Ray clava bajo una plancha para desgarrar la tela, que Méret Oppenheim provoca al forrar de piel una taza para impedir el sorbo, o que Jacques Carelman dibuja en sus objetos imposibles para burlarse de la vida práctica, está lleno de ironía. Es el fallo fabricado a propósito en un mundo obsesionado con la eficacia.
A mediados del siglo pasado, el filósofo alemán Theodor Adorno teorizó sobre el peligro de exigirle a todo una utilidad práctica. En su Teoría estética señalaba cómo las obras alcanzan su fuerza cuando se niegan a servir: un objeto se emancipa en el instante preciso en que renuncia a ser un instrumento. Un manifiesto político sobre la importancia de la in-utilidad para volver a pensar.
Probablemente Katerina Kamprani se tuvo que reír mucho al diseñar un cáliz de vino del que solo un pájaro puede beber, y probablemente su ironía consiste precisamente en permitirse imaginar lo que la lógica descarta, sin tener que justificarlo ni convertirlo en una solución. Quizá ahí, en ese margen, en esa periferia donde sucede la metamorfosis entre lo posible y lo absurdo, es donde por fin encuentra su lugar el pensamiento libre.
Simona Garufi es arquitecta, diseñadora y directora creativa especializada en diseño espacial y experiencial.
Escribe en Room Diseño y La Palabra de D!OS.