La Puerta Interior y la Prohibición de Desaparecer

Entre el ruido metálico de los muelles de los setenta y la fluidez diáfana de nuestras reformas actuales, se esconde la sutil renuncia a nuestro derecho más humano: el secreto.

El archivador de vidas

Hubo un tiempo en que la casa funcionaba como un archivador de vidas. Cada actividad y cada miembro de la familia tenía su propio cajón, oculto tras las puertas que jalonaban un larguísimo pasillo. Aquella arquitectura conectaba el recibidor, la aduana donde se contenía al extraño, con el corazón de la vivienda, el único espacio donde finalmente se permitía el encuentro.

Los juegos más divertidos de mi infancia solían desarrollarse en estos largos metros de la casa de mi tía, que para una niña de 7 años parecían km infinitos. Siempre alguien caía, siempre había una rodilla sangrienta, un corte al papel pintado floral que decoraba el “ túnel mágico”, acompañado por los gritos de unas madres que venían de la cocina.

El pasillo en la década de los 70/80 era una sucesión de misterios cerrados. Cada puerta tenía una función inmutable: el baño, el dormitorio de los padres, el de los niños, el salón. Para acceder a estos rincones privados tenias que cruzar una grande y fea puerta de madera oscura. La manivela dorada con la placa vertical, con la zona de agarre desgastada, (que se oxidaba siempre en un tono marrón verdoso) tenía una mecánica ruidosa: funcionaba con muelles internos hercúleos. Bajarla implicaba un crujido metálico y soltarla provocaba un "clac" seco que resonaba por todo el pasillo. Un aviso sonoro de que la intimidad se estaba abriendo o cerrando. Lo que pasaba al otro lado no era de dominio público.

El cosmos de lo entreabierto

Gastón Bachelard en su ensayo La poética del espacio decía que “la puerta es todo un cosmos de lo entreabierto”. Una puerta a medio cerrar era una invitación al espionaje doméstico, y dejaba fluir la imaginación en los largos momentos de aburrimiento que, niños de aquel entonces, tuvimos la suerte de vivir. Esa inestabilidad es precisamente lo que desaparece cuando el espacio se vuelve continuo. Lo que Bachelard describe como un “cosmos de lo entreabierto” no es solo una condición poética de la infancia, sino una forma concreta de relación con el espacio: no ver del todo, no saber del todo, no cerrar del todo.

Frente a ese pacto de la duda, el mundo moderno cambió de estética y de ideales. Nos volvimos alérgicos a la compartimentación, al secreto y a la sombra. Empezamos a adorar la visibilidad total, esa idea tan moderna de que estar comunicados significaba estar permanentemente a la vista de todos. La intimidad empezó a oler a rancio, a viejo piso cerrado, y la arquitectura se apresuró a darnos lo que pedíamos: una transparencia radical.

La cultura de la optimización

El minimalismo nos vendió la demolición de los tabiques como una victoria de la libertad. Nos dijeron que el open space era democrático, luminoso y moderno; que las paredes eran cárceles y las puertas, aduanas innecesarias. Décadas después, sospecho que el veredicto es otro: al asesinar a la puerta interior, la arquitectura nos condenó a una exposición perpetua. Nos quitó el derecho al secreto y, sobre todo, nos robó el umbral.

Hay una razón práctica detrás de esta demolición: los metros cuadrados. Las viviendas son cada vez más pequeñas y la arquitectura actual se ve obligada a optimizar cada rincón. El pasillo, hoy, es visto como un lujo prohibitivo, un desperdicio de espacio que debe ser fagocitado por el salón o la cocina.

Y es aquí donde el paralelismo con nuestra sociedad se vuelve exacto: hemos trasladado la lógica inmobiliaria a nuestra propia existencia. Ya no nos podemos permitir "espacios muertos". Al igual que el plano de la casa debe aprovechar cada milímetro, nuestras agendas deben rentabilizar cada minuto.

El vacío es el nuevo enemigo. Nos horroriza tanto un pasillo inútil en un piso de cincuenta metros como una tarde libre de sábado en la vida de nuestros hijos. Por eso los pequeños de hoy saltan de las clases de chino al fútbol y de ahí a la robótica; porque el aburrimiento, en la cultura de la optimización, es un fallo de diseño.

La utilidad de lo inútil

Al erradicar los rincones muertos del hogar y del tiempo, hemos eliminado los catalizadores de la imaginación. Aquel pasillo de mi infancia era maravilloso precisamente porque no servía para nada. Era un espacio inútil, una zona de tránsito donde la mente se veía obligada a vagar porque no había nada que consumir. Las puertas cerradas obligaban a imaginar qué había detrás.

Hoy, sin embargo, ya no hace falta imaginar nada porque todo está expuesto. Y en esa exposición continua reside, precisamente, el mecanismo de control más sutil de nuestra época: la prohibición absoluta de desaparecer. Al destruir la frontera física, la arquitectura nos ha quitado el último reducto donde no ser vistos.

Pero el ser humano siempre encuentra la grieta por la que escapar. Cuando nos quitaron el derecho a escondernos, cambiamos la resistencia por la estrategia.

Por eso el diseño nunca es una vía muerta, sino una negociación constante con nuestra forma de vivir. Esta transparencia radical no nos ha anulado; simplemente ha cambiado las reglas del juego. Mientras la sociedad se empeña en encasillarnos y ponernos etiquetas fijas, nuestras casas diáfanas proponen algo mucho más liberador: la flexibilidad total. Un buen diseño tiene que asumir, al fin y al cabo, que el espacio está vivo y debe evolucionar contigo.

Al liberarnos del yugo del viejo pasillo y de las funciones inmutables de las estancias, la intimidad ya no es un decreto impuesto por un tabique de ladrillo; ahora es un pacto efímero. Es la textura de una gran cortina que se corre solo cuando hace falta, el giro de un panel móvil o la calidez de una iluminación baja que zonifica el silencio sin necesidad de levantar una frontera rígida. Aquellos ruidosos muelles hacían el trabajo sucio de separarnos del mundo, es verdad, pero también nos encajonaban. En esta coreografía de la flexibilidad y el aprovechamiento, el nuevo diseño propone una libertad diferente: la oportunidad de volver a negociar, bajo nuestros propios términos, cuándo no ver del todo, cuándo no saber del todo y cuándo no cerrar del todo.

La luz de lo que estamos creando hoy está en esa nueva soberanía sobre el plano. Pero el buen diseño no puede olvidar su última misión: reservar un rinconcito a lo que no sirve para nada. Un pequeño espacio a salvo de la productividad donde todavía sea posible aburrirse, porque es precisamente ahí, en los márgenes de lo inútil, donde probablemente aún podemos encontrar las últimas migas de nuestra creatividad.

Simona Garufi es arquitecta, diseñadora y directora creativa especializada en diseño espacial y experiencial.

Escribe en Room Diseño y La Palabra de D!OS.

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