EL “VENTOTTO” Y EL ARTE DE PERDER EL TIEMPO
Sobre los tranvías de Milán, los compartimentos de los ochenta y la resistencia de lo estático en el vértigo de la Design Week.
La cita inevitable
Abril, para quienes trabajamos en diseño, ya no es exactamente un mes, es una condición colectiva. Una cita inevitable que todos aceptamos sin preguntarnos demasiado si vamos o no vamos, porque por supuesto que vamos. Todos vamos, aunque durante el resto del año digamos lo contrario, aunque nos quejemos de la saturación, de la velocidad, de la pérdida de escala humana. Aunque repitamos que Milán en abril es invivible, cuando llega el momento estamos allí otra vez. Atravesamos patios, colas, inauguraciones, recorridos imposibles y mapas que prometen experiencias simultáneas, mientras la ciudad entera parece diseñada para que no te detengas en ningún lugar demasiado tiempo. Como si el propio sistema hubiera decidido que la atención es un recurso en extinción y que lo importante no es ver, sino acumular lo visto antes de que desaparezca.
Una disciplina contra el tiempo
Durante la Design Week todo ocurre a la vez, con una intensidad que convierte la ciudad en una especie de circuito continuo donde cada espacio compite por una atención que ya no existe.
Mil ochocientos eventos dentro de una misma geografía. Mil ochocientos. Cada uno pensado durante meses, a veces años, cada uno defendido como si contuviera una verdad necesaria, y tú recorres todo eso con la sensación constante de estar llegando tarde, incluso cuando llegas a tiempo. Porque siempre hay otra cosa al lado, otro lanzamiento, otra instalación, otra conversación interrumpida, otro objeto que necesita ser entendido por lo menos cinco minutos antes de que el flujo te empuje hacia el siguiente. En ese movimiento ininterrumpido el diseño deja de ser experiencia para convertirse en tránsito, una forma sofisticada de agotamiento donde incluso lo interesante pierde peso. Y ocurre la culpa. También.
La culpa de no poder darle a cada pieza el tiempo que merece, el tiempo que quien la hizo le dio.
¿No parece profundamente irónico todo eso? El diseño, que debería ser una disciplina del tiempo, se convierte durante esa semana en una disciplina contra el tiempo.
Nada está totalmente perdido
El primer día entré en la estación a comprar un billete de diez viajes y pregunté dónde. Todos me señalaban las máquinas automáticas. Pero yo quería comprárselo a una persona. A un humano. Una señora sonrió y me indicó la fila de un estanco, un pakistaní que vendía cigarrillos, caramelos de menta y, finalmente, los billetes. Nuestro intercambio de sonrisas me dio que pensar. En ese gesto tan simple hubo una grieta pequeña en la lógica general del día. Al fin y al cabo, nada está totalmente perdido.
Después salí a la calle y subí al tranvía Ventotto.
Subí porque el metro durante la feria es un lugar hostil, pero sobre todo porque no tenía prisa, o mejor dicho, porque quería sentarme y simplemente desplazarme sin rendimiento, sin objetivo, sin la obligación de optimizar el trayecto, y cuando el tranvía arrancó, con ese sonido metálico que parece venir de otra época, entendí que algo muy concreto cambiaba en la forma de mirar.
Dentro del Ventotto todo es continuo, una única nave de madera y metal donde la luz cae desde apliques de vidrio opalino montados en el techo, pequeñas cúpulas que datan de 1928 y que en la restauración quisieron conservar exactamente como eran. El Ventotto lleva ese nombre por su año de nacimiento, es el tranvía más antiguo de Europa aún en servicio activo, y fue diseñado siguiendo el sistema Peter Witt, un experto americano que pensó el transporte público como un espacio de flujo humano, no solo de pasajeros. La ciudad empieza a pasar de otra manera, más lenta, más reconocible. Los asientos enfrentados, las ventanas laterales que se abren una a una como los ojos del vagón, el sonido del metal sobre el raíl. Parece una sala de estar. Parece una casa que se mueve.
Eso no tiene precio en una semana de feria. Eso no tiene precio en general.
El espacio que te obliga a estar
Hay algo profundamente íntimo en esos tranvías que resulta difícil encontrar en muchos interiores contemporáneos cuidadosamente proyectados, no porque el diseño actual sea peor, sino porque ha cambiado la relación con el tiempo.
Antes el espacio asumía que sería ocupado, ahora muchas veces asume que será atravesado, y esa diferencia lo modifica todo, porque en el Ventotto todavía existe la posibilidad de quedarse suspendida unos minutos mirando sin finalidad la madera desgastada, los reflejos del metal, las ventanas altas que encuadran fragmentos de ciudad sin jerarquía. Y en ese gesto mínimo aparece algo que hoy parece casi subversivo, la posibilidad de no hacer nada productivo con la atención.
Entonces vuelven otros recuerdos. Los trenes de los años ochenta, los coches con compartimentos, un pasillo lateral y puertas correderas de madera con una pequeña ventana. En sus interiores seis asientos, tres frente a tres, que al caer la noche se alargaban para convertirse en literas, una pequeña arquitectura reversible que durante el día era sala y durante la noche era dormitorio. Las paredes de formica color crema, la ventana que se abría a manivela y la rejilla de equipaje creando un techo más bajo y más íntimo. Sin aislamiento, sin la posibilidad de desaparecer dentro de uno mismo, y de esa exposición inevitable surgían cosas que hoy parecen improbables. Conversaciones largas. Silencios compartidos. Vínculos que no terminaban al llegar a destino.
Recuerdo mi primer viaje a España en Interrail, un compartimento cualquiera, gente que no se conocía de nada y que sin embargo, al final de ese trayecto largo y continuo, acabó en Granada compartiendo una casa improvisada durante días, como si el vagón hubiera sido solo una primera forma de convivencia, una arquitectura temporal donde el diseño del espacio había generado un tipo de relación que hoy sería difícil de reproducir en cualquier sistema de movilidad contemporáneo.
Porque en ese caso el diseño no era neutral ni invisible, era una estructura activa que obligaba a la proximidad, que orientaba los cuerpos, que determinaba la posibilidad de encuentro. La disposición de los asientos frente a frente no era un detalle, era una decisión que producía comportamiento, y el comportamiento producía experiencia, y la experiencia a veces producía memoria.
Una resistencia silenciosa
Quizá ahí está la diferencia más profunda entre aquellos espacios y los actuales, no tanto en la estética sino en la relación con la duración. Antes el diseño aceptaba que las personas se quedarían dentro de esos lugares, que el tiempo formaba parte del proyecto, que la espera, la conversación o incluso el aburrimiento eran materiales válidos, hoy gran parte del diseño del transporte parece construido desde la eliminación sistemática de cualquier permanencia, todo se orienta hacia la optimización del flujo, hacia la reducción del segundo, hacia la desaparición de cualquier fricción que pueda ralentizar el sistema, como si la única forma aceptable de moverse fuera no estar nunca del todo en ningún sitio.
Y sin embargo el Ventotto con casi 100 años sigue circulando, el estanco sigue existiendo, la señora sigue sonriendo, y en esa pequeña continuidad hay algo que no encaja con la lógica dominante, algo que no se ha optimizado todavía del todo, una especie de resistencia silenciosa que no tiene forma de discurso pero sí de experiencia.
El tiempo no siempre necesita ser vencido, a veces simplemente necesita ser habitado, y quizá el diseño, en su sentido más profundo, no tenga tanto que ver con acelerar la vida como con permitir que esa vida, por un instante, pueda permanecer.
Simona Garufi es arquitecta, diseñadora y directora creativa especializada en diseño espacial y experiencial.
Escribe en Room Diseño y La Palabra de D!OS.